martes, 16 de junio de 2009

REPORTAJE: INMIGRACIÓN

20-05-2007) HISTORIAS DE LA EXTRAÑA TIERRA DE NADIE. Josep Ramoneda relata la vida de cuatro inmigrantes que intentan desde el Magreb saltar a una vida mejor. Y da su opinión JOSEP: Se calcula que unos 2.000 subsaharianos están acampados actualmente entre Melilla y Oujda. 1. HISTORIA DE A.-`He venido a trabajar y no puedo volver atrás. Hace un año que mi hijo no come de su padre´, dice. A. lleva más de tres meses en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) de Melilla. Cuenta A. que saltó la valla el 3 de diciembre de 2006, aprovechando un gran aguacero que mantuvo a los soldados marroquíes dentro de sus garitas de guardia. Parece que aquel día lo intentaron cinco y pasaron dos. A. se rompió la muñeca y el tobillo y se hizo un enorme corte en la barriga. El salto de A. desmiente dos cosas a la vez: que la valla sea inexpugnable y que, como dijo la propaganda del Gobierno en su momento, la valla esté pensada para que los inmigrantes que la desafíen no se hagan daño. A. se rompió la muñeca y el tobillo y se hizo un corte en la barriga cuando saltó la valla de Melilla. A los tamiles S. y T. les dicen que se corten el pelo, pero es el último rasgo de identidad que les queda. La nigeriana F., de 15 años, se debate entre volver a su país o caer en las redes de la prostitución. Se calcula que unos 2.000 subsaharianos están acampados actualmente entre Melilla y Oujda. La valla que cierra Melilla, metiéndose incluso en el mar para ponérselo difícil a los que intenten pasar a nado, es metálica y tiene unos doce kilómetros de largo y una altura de ocho metros. En realidad, no es una valla, son cuatro. Cuatro barreras ligadas entre ellas por unas tramas de acero para atrapar, en el segundo o en el tercer paso, al que osa emprender la carrera de obstáculos, catapultado por la fuerza de la desesperación. La parte alta de la valla es móvil para hacer más difícil el intento. A medida que te aproximas, el silencio se impone. Un silencio que me recordó el muro de Berlín. Es la vergüenza la que hace que las personas bajen la voz e incluso la cabeza cuando se acercan a ella. En el lado español hay una carretera de servicio por la que circula de vez en cuando la Guardia Civil. En un punto, la valla toca con las labores de construcción de un campo de golf: valiosa aportación al esperpento del inefable Imbroda, presidente de Melilla. En el lado marroquí, una garita cada cincuenta metros con soldados armados que no dudan en tirar si los inmigrantes se acercan a la barrera. Se ven tiendas de campaña y movimientos de militares marroquíes en una franja que, en realidad, es española, porque la valla está entrada en el territorio de Melilla y los mojones que marcan la vieja frontera quedan a cinco o seis metros de distancia en el lado marroquí. A unos trescientos metros del mar, en la parte este de la ciudad, la valla sube un montículo desde el cual se ve una larga perspectiva de esta reja hecha para que los ciudadanos del Primer Mundo se sientan protegidos de los parias de la Tierra. Es un ignominioso monumento que Europa erige a sus propios miedos, y, por tanto, una expresión de su vulnerabilidad. A. está desesperado porque la recuperación de las operaciones que le hicieron por las lesiones que se produjo en la valla le impiden trabajar. A su familia le cuesta mucho entender que después de un año no haya podido mandar todavía un euro, no haya podido siquiera alcanzar la tierra prometida. En los países desde los que salen estos desesperados en busca de mejor suerte viven envueltos en fantasías tanto sobre el viaje de los inmigrantes como sobre lo que se van a encontrar cuando alcancen el paraíso. A. repite, como todos, que llegar a Europa es su obligación. Y que sólo Dios puede impedírselo. No conseguirlo no es solamente un fracaso personal, es una traición a la familia. A. no ha sentido miedo en su aventura, excepto cuando se ha encontrado con los militares marroquíes o con la policía. El miedo es un privilegio de los que tienen algo que perder. Los inmigrantes pueden entrar y salir del CETI siempre que quieran, pero ningún externo puede acceder al centro sin permiso. Es de noche, hace fresco. En las afueras del recinto, un grupo de subsaharianos ha encendido un fuego para cocinar a su gusto. Hay rencillas entre ellos, generalmente relacionadas con los orígenes o con el grado de compañerismo demostrado en situaciones delicadas. No todos son bienvenidos a compartir la comida. A. cuenta que cada vez hay menos subsaharianos y más asiáticos en el CETI. Tiene una explicación: la valla ha hecho aumentar las tarifas que las mafias cobran para hacer entrar a los inmigrantes en Melilla a través de la frontera oficial. Y con ella el poder de las mafias. Ahora cuesta, por lo menos, 2.000 euros. Una cantidad sólo asequible a los que vienen de Oriente. La valla -ésta y la de Ceuta- ha desplazado el problema: los que pasaban por aquí mueren ahora por millares en el Atlántico. La zona aduanera es un trasiego permanente: miles de marroquíes entran y salen cada día de Melilla, donde tienen su trabajo. Mujeres marroquíes cargadas con enormes fardos, a menudo más voluminosos que su propio cuerpo, se arruinan físicamente pasando productos para vender al otro lado. Hay un estrecho pasadizo destinado a ellas en que a determinadas horas se agolpan por centenares. Por la noche aparecen unos seres fantasmas que vacían los containers de basura de Melilla para reciclar los materiales de desecho en Marruecos. 2. HISTORIA DE S. Y DE T.-S. y T. son dos amigos tamiles de Sri Lanka. Tienen 19 y 21 años. Uno de ellos lleva un chándal de la selección española del Mundial 82. Ninguno de los dos había nacido entonces. Pero el tiempo no significa lo mismo para ellos que para nosotros. Hace dos años salieron de su país. Con orgullo exhiben un documento de identidad en el que están fotografiados sonrientes y aseados, vestidos con corbata. Lo único que no han perdido es la sonrisa. Pasaron por Arabia Saudí, y de allí en avión a Senegal. Trabajaron un tiempo porque el dinero se les había acabado y Europa quedaba todavía lejos. Naufragaron hace un mes frente a las Canarias. Las autoridades marroquíes, primero les metieron -a ellos y a todos los supervivientes- en un campo militar, en lo que un día fue el Sáhara español; de ahí fueron trasladados al otro lado de Marruecos, a la frontera con Argelia en Oujda. Las autoridades practican juegos increíblemente sádicos con los inmigrantes, sólo explicables por un trasfondo de racismo y desprecio. La frontera con Argelia está cerrada desde hace veinte años. De modo que les dejan allí tirados, a su suerte. A estos absurdos desplazamientos de inmigrantes los llaman `reconducciones´. En esta extraña tierra de nadie, un nigeriano amenazó con un cuchillo a S. y a T. y les robó el poco dinero que les quedaba: 200 euros. Una fortuna para ellos. Otro nigeriano, quién sabe si conchabado con el primero, les acogió durante cuatro días en una de las casas de labor abandonadas que las mafias nigerianas ocupan en la zona fronteriza, en los arrabales de la ciudad. Pero no les dio nada de comer. S. y T. tenían los pies destrozados y las huellas de su periplo en su cuerpo. `Tengo a dos chicos de Sri Lanka aquí´, dijo por teléfono el nigeriano a un médico de MSF. `¿Y qué me quiere decir con esto?´. `Que están enfermos´. El médico fue a visitarles y el nigeriano se desentendió de ellos. Horas después se incorporaron al campamento de ilegales -unos quinientos inmigrantes- que hay en la parte trasera del campus de la Facultad de Derecho de Oujda. S. y T. se sostienen con una sola muleta: una sonrisa a todo el que se les acerca. El mero hecho de escucharles provoca un agradecimiento infinito a quienes son rechazados en todas partes. Nada más llegar a la facultad, alguien les reconoce: `Mira, los de Sri Lanka´. Es un compañero de naufragio que está errante por Marruecos, como ellos. En el campus les han sugerido que se cortaran el pelo: por razones de higiene, pero también de seguridad. Las melenas no gustan a las autoridades. Se han negado. Es el último rasgo de identidad que les queda. Oujda es una ciudad marroquí de corte francés, de 400.000 habitantes, situada a 14 kilómetros de la frontera argelina. Desde que la policía marroquí empezó a desplazar inmigrantes hacia los alrededores de Oujda, el decano de la Facultad de Derecho decidió poner una parte del campus a su disposición. Los inmigrantes no tienen permiso para colocar tiendas. Se protegen del frío con unos simples plásticos. Y con los anoraks que alguna ONG ha repartido. Llegan, están allí un tiempo, que no se sabe muy bien quién controla, y de pronto desaparecen. Muchas veces, sus compañeros desconocen si llegaron a España o se los tragó el mar. En el campus hay una mujer con un niño a la espalda, que el médico se llevará a Rabat para tratar de encontrarle mejores condiciones para vivir. El embarazo es una de las formas de explotación de la mujer que aparecen en la inmigración ilegal: una mujer en estado de gestación o con un niño pequeño es más fácil de pasar, y una vez en España goza de privilegios que facilitan el reagrupamiento familiar. Algunas calculan el embarazo, para hacerlo coincidir con la llegada a la frontera. S. y T., como todos, no tienen otro pensamiento que alcanzar Europa. De nada sirve intentar persuadirles de que no es el paraíso. `Somos tamiles y no podemos regresar, nos matarían´, dicen. Como todos, dicen estar en manos de la divinidad. `Ya sé que en Europa la gente es muy descreída´, me dice un cristiano de la República Centroafricana que me toma la mano y reza para que Dios haga un milagro en mi corazón. `Es Dios el que nos ha dado la fuerza para llegar hasta aquí, y sólo alcanzaremos Europa si ésa es su voluntad´. 3. HISTORIA DE F.-F. es una chica nigeriana de 15 años, bella, de cuerpo diminuto. Médicos Sin Fronteras la ha ingresado en el hospital de Oujda por una infección tropical. Las autoridades marroquíes respetan a los enfermos protegidos por MSF y no los detienen aunque sean ilegales. A F. le han dado de alta. Salió de su país hace tiempo -dos meses dice ella, aunque a menudo se contradice- por presión familiar. Y algunos indicios hacen pensar que, sin ella saberlo, podría haber sido comprada a su familia por una red de prostitución española. Es un trato habitual: pagan algunos pocos miles de euros por la compra de las chicas y las retienen por lo menos hasta que han devuelto 40.000 euros con su trabajo. Cuando F. fue ingresada, el médico recibió tres llamadas en una tarde de los nigerianos que la tutelan, insistiendo en que no era apendicitis lo que la chica tenía y que sobre todo no la operaran: una cicatriz devalúa la mercancía. F. sale del hospital. La disyuntiva es simple. Si se la pone en manos de las autoridades marroquíes, la devolverán a su país, cosa que ella no quiere bajo ningún concepto, y no hay ninguna garantía de que en el camino no sea vejada, violada o agredida en cualquiera de los lugares por los que se le obligará a pasar. Si se la devuelve a sus amigos protectores, que es lo que ella quiere, lo más probable es que su destino sea la prostitución y la explotación. La hemos acompañado a una casa de labor construida en torno a un pozo, a las afueras de Oujda, donde la aguarda un grupo de compatriotas. Dos de ellos llevan la voz cantante, vestidos con pantalones estrechos y jerséis arrapados, y con vistosos relojes, y con un teléfono móvil y una agenda en la mano: son probablemente el último eslabón de la trama mafiosa. Al despedirla quedaban pocas dudas de que aquella misma noche tendría que someterse a las exigencias de aquellos pequeños matones que apenas la saludaron al recibirla, porque a las mujeres sólo se las ignora y se las usa. Unos 2.000 subsaharianos deben estar actualmente acampados por campiñas y bosques de la zona que va de Melilla a Oujda. Hombres, algunas mujeres, e incluso algunos niños, útiles como pasaporte a la tierra prometida. Algunos de ellos morirán en el mar, la mayoría llegarán a Europa. Por más que se empeñen los Gobiernos europeos es imposible poner puertas al campo. Estas vallas ignominiosas no son para impedir que vengan, son para ganar el voto de los miedosos ciudadanos europeos. Ésta es la verdad concreta que nadie quiere reconocer. El precio de este voto es que algunos miles mueran en el mar, como carneros sacrificados a los dioses por el bienestar del Primer Mundo. Todo el mundo sabe que por estas vías entran muy pocos inmigrantes, todo el mundo sabe que la inmensa mayoría llega por los aeropuertos o por la frontera francesa. Los que rondan la frontera sur de Europa son unos pocos miles de parias, chivo expiatorio de las paranoias de las sociedades bienestantes.

El dilema moral de Occidente.

Carlos Fernández Liria. “OCCIDENTE: RAZÓN Y MAL”. En tanto que se cree en Dios, es plausible hacer el Bien PARA ser moral. La moralidad se convierte en un cierto modo de ser ontológico e incluso metafísico que nos es posible alcanzar. Y como se trata de ser moral a los ojos de Dios, para alabarle, para ayudarle en su creación, la subordinación del hacer al ser es legítima. Pues, practicando la caridad no servimos más que a los hombres, pero, siendo caritativo, servimos a Dios. (...) Es legítimo ser el más bello, el mejor posible.

El egoísmo del Santo está justificado. Pero que muera Dios, y el Santo no será más que un egoísta: ¿a qué sirve que tenga el alma bella, que sea bello, sino a sí mismo? A partir de este momento, la máxima \"actúa moralmente para ser moral\" está envenenada. Lo mismo que \"actúa moralmente por actuar moralmente\". Es preciso que la moralidad se supere hacia un objetivo que no sea ella misma. Dar de beber al sediento no por dar de beber, ni para ser bueno, sino para suprimir la sed. (...) [La moralidad] debe ser elección del mundo, no de sí. Jean Paul Sartre Nuestro tema es “Occidente: Razón y Mal. El mal en la política”. Hay que comenzar constatando una desorientación moral muy profunda. Esto es algo que podemos apreciar fácilmente con tan solo que pensemos en lo que a mí me parece un misterio insondable. Diez millones de votantes del PP apoyaron la invasión de Iraq argumentando que Sadam Hussein disponía de armas de destrucción masiva.

El misterio, lo que a mí me parece el enigma moral más profundo de lo que llevamos de siglo, es que ahora que se sabe que jamás hubo en Iraq armas de destrucción masiva, y ahora que, además, se sabe que siempre se supo que no las había (ahora que se sabe que Bush, Blair y Aznar mintieron) de todos modos, esos diez millones de votantes van a seguir votando al PP (y muchos más millones a Blair y Bush). Se trata, como digo, de un misterio misteriosísimo que, por cierto, nosotros tenemos la obligación de abordar, pues para eso nos pagan a los profesores, investigadores, becarios y catedráticos de ética. Nuestra obligación, si es que queremos cumplir con nuestra profesión, es abordar la cuestión de qué ha ocurrido con la consistencia moral contemporánea para que ocurran esas cosas tan extrañas: tiene que haber algo muy mal planteado en la manera en que entendemos los mandamientos para que nuestra conciencia moral haya enfermado hasta los límites nihilistas que traspasan todos los días nuestros medios de comunicación. El delirio moral en el que estamos sumidos es sólo comparable al descalabro que causó la Iglesia católica durante el franquismo en la conciencia de los españoles. Cuando yo era pequeño, era pecado ver Lo que el viento se llevó, y los adolescentes, según los padres de la iglesia, iban al infierno por masturbarse. Sólo una secta de psicópatas puede perder hasta ese punto el sentido de las proporciones, pues en esa misma época se consideraba cosa discutible si también deberían ir al infierno los policías de la dictadura argentina que (en el cumplimiento de su deber) violaban, torturaban y desaparecían a no pocos de esos adolescentes abocados a las llamas del infierno. Para ser realistas, hay que decir que la Iglesia no ha recuperado demasiado el sentido de las proporciones. Aplicando sus peculiares parámetros, el papa Woytila, al que ahora quieren canonizar, le daba la comunión a Pinochet y medio excomulgaba a los teólogos de la liberación, dejándoles con el culo al aire en una situación en la que muchos de ellos no tardarían en ser asesinados. Tan sabia decisión se tomó por consejo del cardenal Ratzinger, nuestro papa actual . Ahora bien, no cabe duda de que el papel de los medios de comunicación respecto del nihilismo contemporáneo es mucho más importante que el de la Iglesia. Los periodistas y los intelectuales mediáticos son los nuevos sacerdotes y obispos de este mundo secularizado en el que se ha vuelto imposible distinguir el bien del mal. Y algo de responsabilidad tendremos también en el mundo académico. Probablemente, como consecuencia del bloqueo a Iraq a partir de la primera guerra del golfo, murieron un millón y medio de personas inocentes. Cerca de un millón más han muerto a causa de la guerra y de la destrucción de infraestructuras. El país está sumido en una guerra civil y sembrado de uranio empobrecido. En Iraq las embarazadas ya no preguntan al médico si es niño o niña, sino si viene o no con malformaciones. La gravedad de todo esto sólo es equiparable a la gravedad de que todo esto esté ocurriendo mientras conservamos nuestra tranquilidad de conciencia. Probablemente el nihilismo nunca había llegado tan lejos entre nosotros ni había gozado de tanta impunidad. Ni siquiera en esa situación tan vehementemente denunciada por Hannah Arendt, lo que ella llamó “el colapso moral de la población alemana”, una población que más o menos sabía y no quería saber que sabía de la existencia de Auschwitz y que con su indiferencia y su banalidad se hizo cómplice del holocausto. Los campos de concentración sobre los que se levanta nuestra tranquilidad de conciencia europea son demasiado grandes para rodearlos con alambradas. Nos sale mucho más rentable rodearnos nosotros mismos de alambradas: encerrarnos en una fortaleza inexpugnable, materializar con púas y cuchillas la “solución final” de nuestras leyes de extranjería, y dejar que la economía internacional se encargue por sí sola de perpetrar el exterminio. No es sólo que esto salga mucho más barato. Es que sale muy rentable, tan rentable que sus efectos superan con mucho la audacia de los surrealistas. La realidad se ha convertido en un chiste, en una broma de mal gusto. Según el último informe de Naciones Unidas, por ejemplo, resulta que el 1 % de la población adulta del planeta acapara el 40 % de la riqueza mundial, mientras que en el otro extremo el 50 % de la población apenas cuenta con el 1 % de la riqueza. Cuando lees estos datos piensas que están equivocados. Claro que, según un cálculo elemental, para que una de las 2500 millones de personas que subsisten al día con 2 dólares diarios, llegara a amasar, con el sudor de su frente, una fortuna como la de Bill Gates, tendría que estar trabajando (ahorrando todo lo que ganara) 68 millones de años. Otro chiste: por un anuncio de zapatillas deportivas Nike, Michael Jordan cobró más dinero del que se había empleado en todo el complejo industrial del sureste asiático que las fabricaba. Por supuesto que para que un absurdo tan abyecto se encarne en la cruda realidad de cada día hace falta administrar mucha violencia, cortar el planeta con muchas alambradas, deslocalizar poblaciones, descoyuntar, en definitiva, el cuerpo entero de la humanidad. Es muy sintomático que Hannah Arendt esté hoy día tan de moda. Los estantes de las librerías están repletos de libros de Arendt, se cita a Arendt en el Parlamento, tenemos a Arendt hasta en la sopa. A todo el mundo le resulta interesantísimo que un pueblo entero, el pueblo alemán, colapsara moralmente en los años treinta del pasado siglo XX. En cambio, se lee muy poco (de hecho, ni siquiera se le traduce demasiado) a Günther Anders, quien fuera, por cierto, su marido. Anders se ocupó más bien de denunciar la continuidad de ese colapso moral entre nosotros, en la conciencia occidental en general. Lo que le preocupaba era que nos habíamos vuelto analfabetos emocionales y que eso nos abocaba a una abismo moral en el que todos nos hacíamos cómplices de un holocausto cotidiano e ininterrumpido. A mediados de los ochenta, Anders renegó del pacifismo en el que había militado toda su vida de forma tan activa y argumentó que la única solución era la violencia. “Hemos hecho todo lo posible por convencer al mundo y está claro que no vale de nada”. “El mundo no está amenazado por seres que quieren matar sino por aquellos que a pesar de conocer los riesgos sólo piensan técnica, económica y comercialmente”. La economía capitalista ha llevado el planeta a un callejón sin salida. La situación es tan grave que, hoy día –plantea Anders- el recurso a la violencia por parte de los movimientos antisistema debe considerarse, sin más, legítima defensa. Estamos amenazados, la población mundial está amenazada de muerte, por vulgares hombres de negocios con aspecto inofensivo. “Considero ineludible que nosotros, a todos aquellos que tienen el poder y nos amenazan, los asustemos. No hay que vacilar en eliminar a aquellos seres que por escasa imaginación o por estupidez emocional no se detienen ante la mutilación de la vida y la muerte de la humanidad”. Estas citas están sacadas de un libro titulado Llámese cobardía a esta esperanza, que publicó una editorial marginal que, por supuesto, no ha gozado de la fortuna comercial de los editores de Hannah Arendt. Günther Anders explica el insólito fenómeno de la tranquilidad de conciencia contemporánea aludiendo a lo que el llama “el desnivel prometeico” . Es la idea de que, actualmente, somos capaces técnicamente de producir efectos desmesurados con acciones insignificantes. Aprietas un botón y una bomba cae sobre Hiroshima y mata a 200.000 personas. La desproporción entre la acción y sus efectos es tan grande que la imaginación se desorienta. Es imposible, por otra parte, vivir emocionalmente la muerte de 200.000 personas. Los seres humanos estamos hechos para sentir la muerte de un ser querido, incluso de bastantes seres queridos y no queridos. Pero el número 200.000 no nos dice nada emocionalmente. Hannah Arendt contaba que, durante su juicio en Jerusalén, el genocida Eichmann explicaba con naturalidad que su trabajo consistía en aligerar el ritmo de la cadena de exterminio de judíos. Así pues, desde su punto de vista, era un éxito laboral el que, gracias a ciertas mejoras técnicas en la rutina del exterminio, se lograra eliminar 25.000 personas al mes, en lugar de 20.000. Ahora bien, en una ocasión en que unos testigos le acusaron de haber estrangulado a un muchacho judío con sus propias manos, Eichmann perdió los estribos y se puso a gritar desesperado que eso era mentira, “que él nunca había matado a nadie”. Estrangular a una persona es insoportable para una conciencia moral normal, administrar la muerte de un millón de personas es pura rutina. Pero el problema es que siempre estamos ya, lo queramos o no, apretando esos botones que producen efectos demasiado grandes para nuestra capacidad de imaginar y de sentir. Susan George comparaba a los ejecutivos que teclean pacíficamente en su ordenador del Fondo Monetario Internacional con los pilotos de un B-52 que aprietan los botones de un tablón de mandos para dejar caer toneladas de bombas sobre una población civil. Probablemente los pilotos no pueden representarse fácilmente el desajuste que hay entre la insignificancia de su gesto sobre el tablero y la desmesura de sus efectos, ahí abajo, sobre la ciudad bombardeada. Con mucha menos razón, el ejército de ejecutivos que deciden sobre las medidas económicas que se aplican a lo largo y ancho del planeta (y el ejército de periodistas e intelectuales que les hacen el juego), no están en condiciones de hacerse cargo moralmente de este “desnivel prometeico” entre “su trabajo”, rutinario y pacífico, y el océano de miseria y de dolor sobre el que están produciendo sus efectos. Anders responsabiliza a la complejidad de la técnica y la industria de este “desnivel prometeico”. Yo diría que no se trata tanto de una cuestión de complejidad técnica como de una cuestión de complejidad estructural. Sea como sea, su intuición es acertada. Cuando la voluntad está separada de sus efectos por una complejidad muy grande, la voz de la moral se desconcierta por entero. En general vivimos en un mundo tan complejo desde un punto de vista técnico y estructural que todas nuestras acciones, incluso las más aparentemente insignificantes, tienen unos efectos colaterales imprevisibles. Dicho brevemente: estamos sumidos en una situación en la que no hay manera de saber lo que estás haciendo cuando haces lo que haces. Por supuesto, en estas condiciones, la voz de la moral no sabe a qué atenerse. Es demasiado complejo distinguir entre el bien y el mal. Voy a poner un ejemplo. Tengo aquí unas páginas de El País . Son del 2 de septiembre de 2001, publicadas a todo color en la sección de los domingos. La gente debió de leerlas mientras lavaba su coche o desayunaba con su familia, a la salida de misa o durante una comida campestre. Quizás sintieron que su conciencia caía en un abismo ético... o quizás no sintieron nada. No se trataba de un panfleto de extrema izquierda, de esos que se leen con escepticismo. Era El País, un reportaje sobre la guerra del Congo, por cierto que muy bueno, de esos que se cuelan de vez en cuando en los medios. El titular de la noticia decía: “Según Naciones Unidas, el tráfico ilegal de coltan es una de las razones de una guerra que, desde 1997, ha matado a un millón de personas”. En las minas de coltan en la República Democrática del Congo, se nos decía, trabajan niños esclavos. Los ejércitos de Ruanda y Uganda se disputan el tráfico de este mineral sumiendo el país en una guerra civil en la que nadie quiere pensar. El caso es que este mineral es vital para el desarrollo de la telefonía móvil y de las nuevas tecnologías. Por ejemplo, la escasez de este mineral había provocado otro efecto dramático: la videoconsola Play Station 2 tuvo que posponer su lanzamiento al mercado, provocando grandes pérdidas de beneficios a la casa Sony. Mirado fríamente, es insólito que eso salga un día en El País y al día siguiente todo siga igual. Es incluso enigmático. El otro día decían (también en El País) que los muertos de la guerra del Congo se calculan ya en cuatro millones. Mientras tanto, la videoconsola Play Station 2 ya se quedó anticuada y los móviles siguieron desarrollándose vertiginosamente desde ese domingo en que salió la noticia. No es fácil saber hasta qué punto tenemos las manos manchadas de sangre cada vez que llamamos por el móvil o que nuestro hijo juega a la videoconsola. Sin duda que estamos metidos hasta las cejas en el entramado estructural que genera esas guerras. Sin embargo, llamar por el móvil es llamar por el móvil, no matar a nadie. Y por supuesto, dejar de llamar por el móvil tampoco va a salvar la vida a nadie. El móvil, bien mirado, es un invento magnífico ¿quién puede negarlo? Si cuando llamo por el móvil estoy teniendo una oscura e imprevisible relación intangible con no sé qué conflicto sangriento de África, la culpa, desde luego, no la tiene el móvil, ni yo por utilizarlo. No podemos evitar ser piezas de un engranaje muy complejo, en el que todo está ligado entre sí por caminos imprevisibles que nadie ha decidido. Esta complejidad, es cierto, hace que, como decía Günther Anders, nunca podamos estar seguros de lo que estamos haciendo cuando hacemos lo que hacemos. Nunca podemos estar seguros de los efectos indirectos de nuestra acción directa, como dice Franz J. Hinkelammert. El problema es que cuando el mundo alcanza un determinado nivel de complejidad, la máxima de no violar los mandamientos se convierte en una receta envenenada. La propia moralidad se transforma en la gran coartada de un mundo criminal. Todo el mundo llama por el móvil y todo el mundo revienta en el Congo sin que nadie viole los mandamientos. Nadie tiene la culpa de que el mundo se haya convertido en algo tan complejo. En esta complejidad insondable, por ejemplo, se amparan los votantes del PP para considerar que algo bueno tendrá incluso algo evidentemente malo, como la invasión de Iraq. Al final, todo será para bien. Hay cosas que parecen muy dañinas para los seres humanos, pero que son muy buenas para que vaya bien la economía. Y no hay que olvidar que los seres humanos dependen a vida o muerte de su economía. Conviene, por lo tanto, hacer las cosas que convienen a los que tienen la sartén por el mango de la economía internacional. Conviene, pues, apoyar la política de los Estados Unidos, y vuelta a empezar, así con cualquier tema imaginable. Mientras tanto, todo el mundo puede vivir con la conciencia tranquila: hasta donde nos llegan las narices, no se ve que nadie haya violado ningún mandamiento. Y sin embargo, por muy complejo que se haya vuelto en este mundo distinguir el bien del mal, hay una cosa que seguro que es mala, y esta cosa es, nada más ni nada menos, el hecho mismo de que exista un mundo así. Si vivimos en un mundo en el que “es imposible saber qué es lo que realmente estás haciendo cuando haces lo que haces”, entonces es que vivimos en un mundo muy malo. El lema de los movimientos antiglobalización –“otro mundo es posible”, “otro mundo tiene que ser posible”– se convierte en un imperativo ético insoslayable. Es insoportable vivir en un mundo en el que basta meter los ahorros en una cuenta corriente de Caja Madrid para tener que preguntarte con cuántas ignominias y matanzas estás colaborando sin saberlo. Es intolerable un mundo en el que te tienes que alegrar de que en España se fabriquen bombas de racimo, pues al menos en eso parece que sí que somos competitivos a nivel internacional. Sin duda alguna, el concepto más interesante que se forjó en la reflexión ética y moral del siglo XX fue el concepto de “pecado estructural”. Este concepto era la columna vertebral de la llamada Teología de la Liberación y los que se ocuparon de pensarlo eran fundamentalmente curas, obispos, cristianos de base que estaban directamente comprometidos en cambiar un mundo injusto y criminal. Mientras ellos se jugaban la vida y daban de lleno en la diana del problema ético de nuestro tiempo, la filosofía académica de izquierdas y de derechas estaba completamente en la Luna, haciendo tonterías con los textos de Deleuze y de Foucault, ideando genialidades para poner a discutir a Rawls con Habermas, a ver si así descubrían la pólvora, y, también, cómo no, leyendo a Rorty y cositas de parecido calado. En este mundo las estructuras matan con mucha más eficacia y de forma mucho más masiva que las personas. La capacidad de ser inmoral que tienen las personas es casi patética comparada con la inmoralidad de las estructuras. En estas condiciones, la cuestión moral pertinente es qué responsabilidad tenemos respecto a las estructuras. La pregunta ya no puede ser ¿qué puedo hacer yo para no violar los mandamientos en ese mundo que no llega más allá de mis narices? En un mundo en el que las estructuras violan los mandamientos con una eficacia colosal e ininterrumpida, es inmoral limitarse a respetar los mandamientos… y las estructuras. El primer mandamiento, por el contrario, atañe a nuestra actitud respecto de las estructuras. Y para responder a esta cuestión, en primer lugar, hay que responder a esta otra ¿en qué consisten esas estructuras? ¿De qué son estructuras esas estructuran? Así pues, en primer lugar, deberíamos estar todos estudiando economía. El primer mandato moral debería ser: ponte a estudiar economía y no pares hasta que no averigües en qué consiste este mundo. Y mucho cuidado con dejarte engañar por la Escuela de Chicago, que de eso también eres responsable. Si, por ejemplo, acabáramos por concluir que la economía mundial puede ser llamada con rigor y sentido la economía capitalista, lo que no cabe duda es que nuestra máxima responsabilidad moral, inmediatamente después, sería volvernos comunistas (al menos si llegamos a la conclusión de que ser comunista es la manera adecuada de combatir el capitalismo). Por supuesto que ese fue el camino que, muy a menudo, siguió la Teología de la Liberación en Latinoamérica , el camino que tanto escandalizó al cardenal Ratzinger. Una serie de obispos latinoamericanos, de pronto, pusieron toda su red de catequistas a estudiar economía, especialmente, crítica de la economía política. Pusieron a todos sus feligreses a leer El capital y a estudiar marxismo. Lo demás se dejaba ya a la conciencia de cada uno. Aunque no por casualidad la conciencia de cada uno aconsejaba montar una guerrilla para combatir el sistema capitalista. El ejercito zapatista del subcomandante Marcos, por ejemplo, no cabe duda de que se montó desde la red de catequistas de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas. En un mundo en el que las estructuras son mucho más inmorales de lo que jamás pueden llegar a serlo las personas, la cuestión crucial no es saber en qué medida somos piezas de ese engranaje estructural o en qué medida podemos dejar de participar en él. Esto es lo que a veces sugería Günther Anders, pero no es ni mucho menos suficiente. Dejar de llamar por el móvil no vale absolutamente de nada y dejar de consumir coca-cola, de casi nada. Puede que negarse a trabajar en la industria del armamento valga para algo si se consigue que ese gesto sirva de propaganda a los programas políticos pacifistas. De lo contrario, ese gesto no sirve más que para que corra un puesto la lista de parados que esperan a trabajar en cualquier cosa y a cualquier precio. Retirar el dinero de una cuenta de Caja Madrid si sospechas que esa entidad invierte dinero en la producción de armamento no sirve de nada si luego es para meterlo en el Banco de Santander, es decir, para confiar en el humanitarismo de un sujeto como Emilio Botín. Y tampoco es buena idea esconder tu birria de sueldo debajo de una baldosa. La verdadera cuestión moral es qué responsabilidad tenemos en que determinadas estructuras perduren y qué estaría en nuestra mano hacer para sustituirlas por otras. Es obvio que eso pasa por la acción política organizada y no por el voluntarismo moral que intenta inútilmente apartarse de la maquinaria del sistema. No es a fuerza de no mover las fichas o de moverlas lo menos posible como se consigue dejar de jugar al ajedrez, si eso es lo que se pretende. Para dejar de jugar al ajedrez y comenzar a jugar al parchís hay que cambiar de tablero. Si no, lo único que se logra es perder el juego, y el juego del ajedrez, no del parchís. No sé si se capta el mensaje: vivimos en un mundo tan inmoral que no tiene soluciones morales, aquí no valen más que soluciones políticas y económicas muy radicales. Y la única cuestión moral relevante que todavía tenemos sobre la mesa es la de qué tendríamos la obligación de estar haciendo políticamente para que el mundo dejara de jugar en este tablero económico genocida. La cuestión no es la de si puedo beber menos coca cola o llamar menos por el móvil para participar lo menos posible en esta matanza. La cuestión es cómo y de qué manera atacar los centros de poder que la generan. Mi responsabilidad en la matanza no es la de llamar por el móvil. Mi responsabilidad es la de aceptar vivir en un mundo en el que llamar por el móvil tiene algo que ver no sé con qué guerras en el continente africano. Es el mundo lo que es intolerable, no nosotros. Pero sí es intolerable que aceptemos de brazos cruzados un mundo intolerable. Es grotesca la indiferencia que ha habido en la reflexión ética de los medios académicos europeos y estadounidenses hacia el concepto de “pecado estructural” y, en general, respecto a toda la filosofía de la Teología de la Liberación. Se trataba de lo único interesante que parió el siglo XX en el campo de la ética, pero la Academia estaba demasiado ocupada en intentar comprender a Derrida y en hacer el payaso con el dilema del prisionero. Para ser justos, hay que recordar que mucho antes de que la Teología de la liberación planteara el problema, lo teníamos ya abordado con mucha contundencia en la historia de la filosofía por filósofos como Jean Paul Sartre o Bertolt Brecht. Claro que Sartre no está tan de moda como Hannah Arendt, porque Sartre era comunista, así es que se le lee bastante poco actualmente. Sartre había explicado muy bien por qué la elección moral no tenía que ver con elegirnos buenos a nosotros mismos, sino con elegir un mundo bueno. Elegir ser bueno en un mundo en el que no se necesita pecar para vivir de la injusticia que se comete sobre los demás, es, sencillamente hacerte cómplice, no de un crimen, sino, como decía Anders, de “todo un sistema de crímenes”.

¿En verdad queremos arreglar el mundo? Parece que no.

SEGÚN INFORMACIONES OBTENIDAS POR CONÁFRICA... -El gasto anual en cosméticos en Estados Unidos es de 8.000 millones de dólares. -El gasto mundial en publicidad alcanzó 446.000 millones de dólares en 2002, casi nueve veces más que en 1950. Más de la mitad de esa cantidad la gastan supermercados de Estados Unidos. -El gasto anual en perfumes en Europa y Estados Unidos es de 12.000 millones de dólares. -El gasto anual en comida para mascotas en Europa y EEUU es de 17.000 millones de dólares. -El gasto anual de EEUU en la guerra de Irak es de 300.000 millones de dólares. -Hay partidos de futbol donde 44 piernas corriendo equivalen casi al presupuesto de países como Chad. Demasiado gasto en cosas de las que muchos podríamos prescindir, ¿no creen? Sin embargo, el gasto público mundial anual en salud para la mujer asciende sólo a 12.000 millones de dólares. Por no hablar del gasto público mundial anual en educación básica, que ronda únicamente los 6.000 millones de dólares. Algunos de estos datos habrán podido variarar en algo en las últimas fechas, a mejor o a peor, todo es posible. En cualquier caso, al menos una conclusión podemos sacar en claro: ES POSIBLE MEJORAR LAS COSAS EN EL MUNDO, PERO POR ALGUNA EXTRAÑA RAZÓN NO QUEREMOS HACERLO.

CONTACTO

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Móvil: 669447122

QUÉ HACEMOS

En principio, y puesto que estamos empezando, bien podríamos haber dicho "Qué queremos hacer", de aquí en adelante...
Y cómo han podido ver en la página principal, lo primero ha sido dar publicidad y poner en común actividades que emprendimos por separado, como son el Manifiesto PAREMOS EL GENOCIDIO DE LOS AFRICANOS o la campaña NI UN MUERTO MÁS EN LOS CAYUCOS.
Partiendo de aquí, y sin olvidar nuevas campañas y denuncias que pudieramos emprender por propia iniciativa, nuestra intención es ofrecer este espacio a cualquier otra denuncia o iniciativa vínculada al continente africano y la defensa de los Derechos Humanos que merezca ser puesta en conocimiento de todos, para recabar así cuantos apoyos podamos en favor de su causa y hacer con ellos causa común.
Pero ConÁfrica, también pretende ser un espacio de información y debate, donde se pueda saber y reflexionar sobre lo que en otros lugares se oculta, porque incomoda, porque no interesa o simplemente no gusta.

QUIENES SOMOS

El ser humano alberga por naturaleza dos sentimientos contradictorios que acostumbran a arrastrarlo en mayor o menor medida, de un lado hacia la dominación, el poder, la ostentación o la riqueza, y de otro hacia la entrega, el compartir, hacia la empatía con los que sufren, hacía la no imposición... Sin olvidar un montón de imperfecciones, en este último grupo intentamos ubicarnos las dos personas que hemos dado origen a este proyecto. Ambos, conectados a África desde hace años por distintos motivos y caminos, confluimos hoy en esta página, convencidos de la necesidad de crear espacios de información y denuncia centrados en la frontera Europa-África, por ser éste el lugar donde se dan las mayores desigualdades e injusticias hoy en el planeta. Con este punto de partida, ConAfrica pretende ser un espacio abierto en el que la voz del continente hermano, tantas veces callada y tergiversada, en la medida de nuestras posibilidades pueda ser escuchada... ConAfrica no responde a ideología o religión alguna más que a la de la fraternidad... ConAfrica estará siempre con África, cómo también ha de estar con todos aquellos seres humanos de otros continentes y pueblos que sufren de las injusticias, la exclusión, las persecuciones o el hambre en el mundo.